En el Día del Padre:
Levantemos un Monumento al Padre Desconocido

por Vidal Mario*
17/05/06
http://www.paginadigital.com.ar/articulos/2006/2006prim/cartas4/padres-170506.asp


No fueron muchas, pero tampoco pocas, las ocasiones en que he firmado artículos con el seudónimo Pablo de la Cruz Rotela. No fue por obra del azar, el capricho o la casualidad que a veces elegía aquella máscara para ocultar mi rostro. Dicho seudónimo fue mi verdadero nombre en los primeros siete años de mi vida. Pero ocurrió que a finales del año 1959, de un minuto a otro, Pablo de la Cruz Rotela se convirtió en Vidal Mario y las explicaciones de rigor - que pasaré a contar seguidamente - se me dieron recién pasado un tiempo prudencial de veinte años.

El poder del almanaque Bristol

Me tocó en suerte nacer en Itá, Paraguay, en el marco de una sociedad campesina donde los bebés, a la hora de los nombres, nacían bajo el signo del almanaque Bristol y el poder sacerdotal. Así que la niña que tuviese el desafortunado destino de venir al mundo el día de San Pancracio estaba irremisiblemente condenada a llamarse Pancracia por el resto de su existencia. En esa geografía tan campesina como ultrareligiosa nadie osaba identificar a sus retoños con nombres que no se ajustasen religiosamente al santoral fijado en el legendario almanaque. Los curas, considerados por los devotos campesinos poco menos que como enviados especiales de Dios a la Tierra, se encargaban de que ningún desvío fuese posible. Tan enorme era el prestigio y gravitación sacerdotal que cuando en una misa el cura anunciaba que iría a almorzar en casa de tal familia ésta era felicitada como si hubiese sacado el premio mayor de la lotería y todos aportaban a los preparativos para tan magno acontecimiento.
Un día fue a visitarnos el padre Dotto. Mi madre, poseída de una mística emoción que le brotaba del alma, blanqueó aún más nuestra casita blanca, antigua caballeriza que mi abuelo convirtiera años antes en un refugio decente para su hija, embarazada de un tal "Rubito" Rotela. Ante la inminencia de tan magna visita, mamá trajo muebles prestados de los vecinos y a los que ya estaban adentro los cambió de lugar. Recibió donaciones de flores frescas; varios carpidores trabajaron a destajo; gallos, gallinas, patos y guineas fueron confinados a una suerte de campo de concentración de aves para que no importunaran la investidura sacerdotal. Las vacas y los chanchos también fueron exiliados a un remoto rincón de la chacra. Fue un acontecimiento realmente memorable y durante mucho tiempo en el seno de la familia Mario resonaron los ecos de aquella visita sacerdotal.

Un fatídico Viernes Santo

En Itá aún quedan en pie dos o tres casitas firmadas por el mencionado "Rubito" Rotela, mi padre. Sus contemporáneos juran que era bueno en lo suyo pero que tenía por norma trabajar solamente cuando estaba borracho. Decían que la caña hacía brotar su talento de constructor y los interesados esperaban pacientemente su borrachera para confiarle la construcción o mejoramiento de sus respectivas viviendas. Pero esa dedicada afición a la bebida favorecía igualmente su participación en peleas desencadenadas generalmente para cobrarse algún orgullo herido o simplemente para fomentar la cultura de un machismo mal entendido. Lo cual para nadie era motivo de asombro, porque en aquellos tiempos y en aquellos campos guaraníes se valoraba más el cuchillo que la diplomacia.
Fue lo que ocurrió, me dijeron, una noche de Viernes Santo, sagrado día que los niños de entonces odiábamos con religiosa devoción. Porque se nos levantaba en plena madrugada para sumergirnos en las aguas de un arroyo cercano, supuestamente benditas hasta la salida del sol. Un inquietante "teyúruguay" colgado de uno de los horcones de la cocina nos recordaba que no podíamos jugar a la pelota, que habitualmente no era otra cosa que la vejiga de un chancho convenientemente inflada. Estaba prohibido igualmente encender fuego, correr y gritar, todo ello complementado con una insufrible dieta basada en chipá y agua.
En una noche de un día como éste, decía, dos hombres se desconocieron durante el juego de una lotería familiar. Uno era mi padre; el otro, alguien llamado Amado. Eran amigos pero, una vez más, el alcohol y cuchillo escribieron una historia previsible. Amado quedó tendido en el suelo, pero logró sobrevivir y aún hoy, en su avanzada vejez, recuerda vívidamente aquella fatídica noche de Viernes Santo. Mi padre, a su vez, desapareció para siempre. Volvió casi cuarenta años después a su pueblo natal, según me informaron en 1990, para morir en su tierra. Murió en su ley, de viejo y de cirrosis. Dicen que una tumba del cementerio de Paraguarí cobija los restos de mi desconocido padre.

La espera de mi madre

Mi madre, Laudelina Lucina Mario, abandonó sorpresivamente este mundo a los 33 años, la noche del Año Nuevo de 1962. No la animaba, desde la fuga de mi padre, más afán ni otro interés que vender dulces de maní por las calles y aguardar estoicamente el retorno del fugitivo. Recién un año antes de su muerte dejó caer el telón sobre tan improductiva espera y decidió pasar por el Registro Civil. Por fin yo, a los siete años, sería oficial y legalmente Pablo de la Cruz como lo mandaba el almanaque Bristol para los nacidos el 28 de abril.
Pero por el camino se encontró con tía Rosita, maestra rural, quien la abordó con una singular petición: quería para mí el nombre de su hijo Vidal, muerto prematuramente de leucemia. Mamá, razonablemente, juzgó que el dolor de una madre deseosa de perpetuar en alguien la querida memoria de su hijo muerto valía más que todos los almanaques y santorales del mundo. Así fue como, de un minuto a otro, Pablo de la Cruz pasó a ser simplemente Vidal y el apellido materno Mario sepultó para siempre al Rotela que nunca pudo ser.
Quienes no hemos conocido a nuestros padres abrigamos de por vida el secreto deseo de conocerlo, aunque sea en sueños. Saber cómo era el rostro del autor de nuestros días se convierte a veces en lo que más quisiéramos. No lo conocemos o no sabemos en qué lugar del mundo se ha ido, pero su piel sigue siendo nuestra piel y nuestra sangre sigue llamando a su sangre. Y aunque no haya hecho bien sus deberes paternales, con los años le perdonamos todo y terminamos cargando a la cuenta del destino la forma en que se escribió nuestra historia.
Es por eso que en cada celebración del Día del Padre todos los que nos encontramos en ésta situación abrigamos la secreta e íntima ambición de levantar en nuestros corazones un Monumento al Padre Desconocido.