| En el Día del Padre: Levantemos un Monumento al Padre Desconocido por Vidal Mario* |
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No fueron muchas, pero tampoco pocas, las ocasiones en que he firmado artículos con el seudónimo Pablo de la Cruz Rotela. No fue por obra del azar, el capricho o la casualidad que a veces elegía aquella máscara para ocultar mi rostro. Dicho seudónimo fue mi verdadero nombre en los primeros siete años de mi vida. Pero ocurrió que a finales del año 1959, de un minuto a otro, Pablo de la Cruz Rotela se convirtió en Vidal Mario y las explicaciones de rigor - que pasaré a contar seguidamente - se me dieron recién pasado un tiempo prudencial de veinte años. El poder del almanaque Bristol Me tocó en suerte nacer en Itá, Paraguay, en el marco de
una sociedad campesina donde los bebés, a la hora de los nombres,
nacían bajo el signo del almanaque Bristol y el poder sacerdotal.
Así que la niña que tuviese el desafortunado destino de
venir al mundo el día de San Pancracio estaba irremisiblemente
condenada a llamarse Pancracia por el resto de su existencia. En esa geografía
tan campesina como ultrareligiosa nadie osaba identificar a sus retoños
con nombres que no se ajustasen religiosamente al santoral fijado en el
legendario almanaque. Los curas, considerados por los devotos campesinos
poco menos que como enviados especiales de Dios a la Tierra, se encargaban
de que ningún desvío fuese posible. Tan enorme era el prestigio
y gravitación sacerdotal que cuando en una misa el cura anunciaba
que iría a almorzar en casa de tal familia ésta era felicitada
como si hubiese sacado el premio mayor de la lotería y todos aportaban
a los preparativos para tan magno acontecimiento. Un fatídico Viernes Santo En Itá aún quedan en pie dos o tres casitas firmadas por
el mencionado "Rubito" Rotela, mi padre. Sus contemporáneos
juran que era bueno en lo suyo pero que tenía por norma trabajar
solamente cuando estaba borracho. Decían que la caña hacía
brotar su talento de constructor y los interesados esperaban pacientemente
su borrachera para confiarle la construcción o mejoramiento de
sus respectivas viviendas. Pero esa dedicada afición a la bebida
favorecía igualmente su participación en peleas desencadenadas
generalmente para cobrarse algún orgullo herido o simplemente para
fomentar la cultura de un machismo mal entendido. Lo cual para nadie era
motivo de asombro, porque en aquellos tiempos y en aquellos campos guaraníes
se valoraba más el cuchillo que la diplomacia. La espera de mi madre Mi madre, Laudelina Lucina Mario, abandonó sorpresivamente este
mundo a los 33 años, la noche del Año Nuevo de 1962. No
la animaba, desde la fuga de mi padre, más afán ni otro
interés que vender dulces de maní por las calles y aguardar
estoicamente el retorno del fugitivo. Recién un año antes
de su muerte dejó caer el telón sobre tan improductiva espera
y decidió pasar por el Registro Civil. Por fin yo, a los siete
años, sería oficial y legalmente Pablo de la Cruz como lo
mandaba el almanaque Bristol para los nacidos el 28 de abril. |
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